Navidades entre cartones

Una libreta, un rastrojo de páginas arrugadas y sucias, unidas por un fino alambre, eso es. Esto he encontrado entre los restos del cubo de reciclaje de cartones. No suelo encontrar gran cosa: algunos cartones, revistas, periódicos y con suerte alguna prenda de alguien que se ha equivocado de contenedor.

He decidido quedarme la libreta, para escribirla, hablarla, contarle mis días, y mis noche… me siento muy solo.

He empezado a escribir en cuanto he encontrado algún lápiz, y algún hueco seco entre los callejones.

Me llamo José Antonio Pérez, y vivo en la calle del Desengaño, o en la calle de la Nao, o en la Gran vía, quién sabe, cada noche es una diferente.

Mis compañeros son el cartón de vino, una chaqueta agujereada y el “Señor Gorro”, el fiel servidor que recoge la solidaridad de la gente.

Vivo entre cartones, en el frío y duro suelo de alguna calle perdida de Madrid, sobreviviendo a cada día.

Mi historia es simple, triste. Una historia.

Yo tenía un pequeño negocio, vendedor de baratijas menudas, mientras vivía con mi mujer.

Tampoco me llevaba muy bien con la economía, el dinero se nos iba de los bolsillos igual que entraba. Las deudas, los gastos y las facturas descosían unos agujeros que se tragaban toda moneda que conseguía entrar.

Entonces, mi mujer, lo reconsideró todo, pensó que aspiraba a algo más, y me propuso un divorcio que se llevó mi amor, mi amor falso, el dinero, absolutamente todo, y cualquier atisbo de dignidad que me pudiera quedar.

Así, con el hatillo en una mano, el corazón en la otra y una patada en el culo fui a parar a las frías baldosas de la calle.

Y aquí llevo un año, quizá más, viviendo de las compasiones de la gente o suplicando algún día más de supervivencia.

Es tarde ya, me he entretenido escribiendo y no he buscado nada para comer. Es hora de irse a dormir, mañana será otro día.

Jueves, 23 de diciembre de 2010.

Es pronto, casi no ha amanecido.

Hace frío, mucho frío, parece que mis huesos se hayan quedado congelados, apenas puedo moverlos, soy como una estatua de cristal envuelta en una vitrina de cartón.

No sé de dónde sacar calor, siento mis dientes tiritar y rechinar entre la espesa barba, y al vaho abrirse paso entre el aire hasta difuminarse entre la noche.

Voy a intentar levantarme y sentarme en la calle de siempre, a ver si alguien suelta alguna que otra moneda.

Nada. El “Señor Gorro” no ha recogido apenas un par de monedas cobrizas.

Tengo mucha hambre. A veces suelo escarbar entre los cubos de la calle, y encuentro algún chusco de pan, algún andrajo de comida, o la sobra de la cena de alguna casa.

Cuando el “Señor Gorro” consigue recoger algo de dinero, suelo ir a algún restaurante de comida rápida que pueda llenar mi estómago por poco dinero.

Llevo siempre conmigo una mochila, y en ella llevo lo que pueda encontrar, un poco de ropa sucia y algunas baratijas, algunos recuerdos.

Mi colchón es el cartón, todas las noches duermo en un lecho de periódicos y cajas que me envuelven y abrigan un poco.

Van pasando las horas, tenues o infinitas, y postrado en la acera, con la mirada perdida, espero a que termine otro día monótono más.

Cada vez que construyo mi “cama” me va pareciendo más a un ataúd. Es irónico.

Viernes, 24 de diciembre de 2010.

Es día 24. La gente ajetreada corretea por las calles como hormiguitas aprovechando sus últimas horas para despilfarrar y comprar los regalitos que le darán la felicidad de la navidad.

Los luceros de la calle deslumbran la vista, los neones iluminan las caras felices de la gente y las enormes bolsas llenas de embalajes.

Me repugna, quizá solo sea el hecho de que el “Señor Gorro” esté casi vacío, y sin embargo las carteras de esa gente se vacíen con tanta facilidad, no lo sé.

Parece que la esencia de la navidad ahora es una competición para ver quien regala el regalo más fabuloso, come la comida más cara, y luce el mejor vestido. Creo que en una época en la que se recuerdan los valores familiares, la amistad, el amor, la fraternidad, se debería pensar más en los que nos congelamos en un callejón mientras Papá Noel se calienta bajando chimeneas. Pero ¿qué más da mi opinión? Solo soy el bulto de la calle.

Sábado 25 de diciembre de 2010.

Feliz navidad, mundo. Escribo con las manos bañadas en unos copos de nieve que salpican las frías y despejadas calles del centro de Madrid.

Hoy, la vida sonríe para muchos, y ellos le devuelven el gesto con otra radiante sonrisa al ver el mejor de los regalos.

Sin embargo, yo, hoy, he encontrado el mío.

Esta mañana, la mañana de navidad, un niño, con las mejillas coloradas, unas manoplas de lana y una sonrisa en los labios ha venido, mientras yo me recostaba en la acera. Entonces el niño sacó de su bolsillo un gorro, una manta, y un polvorón.

Me dijo que había pedido esos regalos de navidad para mí, que me veía muchos días solo y triste. También me dijo que su verdadero regalo, a parte de esos, era su compañía. Me prometió venir a visitarme siempre que pudiese, y evitar que me sintiese tan solo.

Asentí con una sonrisa embobada en los labios mientras le contemplaba al alejarse y coger de la mano a su madre.

Ese gesto el hecho de que un niño renuncie a su regalo de navidad por hacer feliz a otra persona, de que pida por navidad un puñado de solidaridad en vez de juguetes, ya es un regalo.

No necesito dinero, ni propiedades, ni casa, con vivir soy feliz. Viviré disfrutando cada día y a cada persona. La gente derrocha dinero, trabaja y deja pasar sus vidas entre horarios y ¿para qué? Yo viviré la navidad en mi mundo callejero, bajo el árbol de cartón, con el más bello de los regalos: vivir.

Martín Serrano Juste

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Una respuesta a “Navidades entre cartones

  1. Cristian Serrano

    Hola, navegando en busca del escudo de mi apellido me encontre con “Navidades entre cartones”. Es excelente.
    Animo y sigue escribiendo.
    Muy buen final, queda mucho que meditar.

    Cristian Serrano Vargas.

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